¿Ser mujer y pobre aumenta el contagio de Ébola?

John Moore/Getty Images. La muerte de una madre deja a la familia en la agonía.

John Moore/Getty Images

 ¿SER MUJER Y POBRE AUMENTA EL RIESO DE CONTAGIO Y LA LETALIDAD DEL ÉBOLA?

 

Más de 13.000 casos y al menos 5.000 muertes, aunque dadas las dificultades para el recuento de casos probablemente sean 2 o 3 veces más, es el macabro balance que el Ébola, a día de hoy, ha cosechado en África Occidental, sobre todo en Liberia, Sierra Leona y Guinea. Debido a la lenta y rácana respuesta internacional, las personas infectadas y las que mueran seguirán, al menos por un tiempo, aumentado. Y las mujeres se llevan la peor parte.

Un a priori. Desde mi opinión, la razón última de los problemas para el control de la epidemia de Ébola dependen de aspectos estructurales: pobreza y miseria, ausencia de sistemas de salud eficaces, desatención y desafección de las instituciones internacionales, etc.; consecuencia de una secular depredación colonialista, sin olvidar, como no, la permanente violencia política y social en la que viven demasiadas regiones de África Subsahariana.

Otro a priori. Hay que tener mucho cuidado con la visión etnocéntrica que de tiene de las culturas africanas porque, en temas como el que nos ocupa, se suele re-presentar como “factor de riesgo” el contagio y diseminación del Ébola (ya se hizo con el VIH) a la cultura; reduciéndola y ligándola, en exclusiva, a un sistema de creencias basado en “los espíritus” y “la brujería”, dejando a los equipos internacionales en una posición de paternalismo, frecuentemente rechazado por las poblaciones a las que se quiere “ayudar”.

Los determinantes (condicionantes) culturales de la salud son indispensables para diagnosticar, planificar, atender y evaluar la Acción Humanitaria en Salud (AHS). No atender ni entender los puntos de vista y la experiencia local es un primer paso hacia atrás, y deberíamos haber aprendido de situaciones similares. Recomiendo la lectura de un libro muy interesante; Ébola, cultura y política: la antropología de una enfermedad emergente (2008), del antropólogo de la Universidad Estatal de Washington, Barry Hewlett. En el texto nos comenta la reacción a principios de 1997 de algunos pobladores locales a dos brotes de Ébola (1994 y 1995). Refiere Hewlett que los informantes se quejaban de que llegaron investigadores franceses y americanos que extrajeron sangre y desaparecieron sin darles ningún resultado ni diagnóstico. Con total falta de empatía y compasión. Se corrió el rumor de que la sangre fue vendida. En posteriores brotes de 2001 y 2002, en Gabón y Congo aparecieron enfrentamientos armados cuando los equipos internacionales pretendieron imponer el aislamiento sin explicar y hacer comprender el porqué de las medidas. Algo muy parecido está sucediendo en lugares de Sierra Leona, Liberia o Guinea. Por cierto, ya llegan rumores de que se está traficando con sangre de personas que han superado la enfermedad.

Es imprescindible no perder de vista el enfoque y la perspectiva de género (1). Según fuentes “mas o menos oficiales” (2), dos de cada tres personas infectadas podrían ser mujeres. Ni la OMS, ni las organizaciones que operan en los países afectados, aportan con datos desagregados por sexo o género, pero me atrevería a afirmar que, como ha pasado en otras ocasiones (3) y con otras enfermedades, el género, una vez más, está condicionando el perfil epidemiológico del brote-epidemia de Ébola. Algunas situaciones que lo explicarían:

  • La feminización de la pobreza, las estructuras de parentesco o los roles de género, posicionan a las mujeres en un estado de mayor vulnerabilidad. Por ejemplo, para acudir a un dispositivo de salud han de pedir el dinero a sus esposos o hijos.
  • Ante la carencia de recursos, si se ha de elegir a quien se atiende, la prioridad la suelen tener los varones.
  • Son las mujeres quienes se encargan de preparar la comida y por tanto tienen más contacto con los animales potencialmente infectados recogidos o cazados en el bosque.
  • Son las mujeres quienes se encargan del cuidado de las personas enfermas, las que mayor proximidad e intimidad tienen con ellas. Además, las mujeres son la mayor parte de los profesionales de enfermería.
  • Muchos hombres, para protegerse, no se acercan a las personas enfermas. Algo que no se permiten ni se les permite a las mujeres. Como dice la antropóloga Almudena Marí: ¿Se le pude pedir a una mujer que no toque a su madre o a sus hijos e hijas? Es de una crueldad inhumana.
  • En muchos grupos étnicos, son las mujeres quienes se encargan de lavar, vestir y preparar los cadáveres para los ritos funerarios, lo que supone un mayor contacto con los fluidos corporales del difunto.
  • A nivel anecdótico, el virus puede ser detectado en el semen hasta 70 días después de haber superado la enfermedad. ¿Se informa? ¿Se utilizarán las medidas preventivas?
  • Si la comunidad entiende que alguien ha roto prescripciones sagradas o existe la creencia de puede traer el mal a la comunidad será expulsado. Cuando una enfermedad se considera una “verguenza” (ruptura de tabú, maldición, mal Karma, etc.) y una persona intuye o presupone que, al enfermar, caerá víctima del estigma con la consiguiente exclusión de su comunidad (muerte social), desarrollará estrategias de ocultación. En estas situaciones, las mujeres son especialmente vulnerables, sobre todo porque carecen de recursos para poder sobrevivir fuera del entorno familiar y comunitario.

No solo se necesitan los datos desglosados por sexo -también por etnia o clan- para ver cómo se desarrolla la epidemia, sino también para poder poner en marcha mediadas eficaces. A nivel preventivo, saber quién hace qué, dónde, cuándo, cómo y bajo qué circunstancias son factores determinantes para la búsqueda y seguimiento de casos, dirigir las acciones de educación para la salud, ajustar los mensajes preventivos o las estrategias de contención de la enfermedad. Buscar alianzas con quienes cuidan y lideran la comunidad son el primer paso.

La enfermedad viaja a lomos de motocicletas y autobuses destartalados y se propaga a través de difusas fronteras. Las medidas coercitivas como las cuarentenas y aislamiento, por sí solas, no sirven y las consecuencias ya las estamos viendo; brotes de violencia, abandono de enfermos, asaltos a centros sanitarios, etc.

No tener sensibilidad cultural, es una forma de poner barreras al control de la enfermedad. No se trata de prohibir, si no que la idea, funcional, es ver cómo se buscan formas de protección sin ir contra la norma-costumbre. Esto requiere un proceso de negociación de las medidas de acción y preventivas en un entorno de respeto cultural. Las normas o las costumbres, con la adecuada formación e información, se adaptan a las circunstancias, incluso a las más aversivas. En algunos lugares de Sierra Leona y Liberia, la población sigue saludándose, pero en lugar de darse las manos se tocan los codos o los pies. Cuestión de adaptación.

Podría extenderme en multitud de datos etnográficos que justifican la necesidad de que los actores internacionales comprendan la importancia de la cultura y en especial los roles de género en la AHS, pero no es este el lugar ni el momento, os remito al texto “Cultura y Salud en la Acción Humanitaria” que os podéis descargar de www.semhu.org.

Todavía la mayor parte de las y los profesionales que actúan en el sector de la AHS proceden del sector sanitario, con una formación de carácter técnico y un marco conceptual positivista-biologicista que dificulta la comprensión de cómo los factores culturales inciden en la salud de las personas. La “urgencia” de la AHS, propicia que no se planifiquen estrategias que tengan en cuenta la participación de la población afectada y los objetivos suelen ser de tipo de acción inmediata, centrado en las necesidades percibidas por los equipos internacionales y no en el análisis de las vulnerabilidades, muchas de ellas –la inmensa mayoría- , como decía, de causa estructural.

Concluir que si queremos parar la epidemia y limitar la víctimas, es preciso trabajar desde el Respeto y la Humildad Cultural, lo que facilitará, a través de procesos de negociación, enfrentarse a los estragos del Ébola. Eso sí, sin olvidar el compromiso ético de proporcionar los recursos necesarios. Al fin y al cabo es devolver una ínfima parte de aquello de lo que éstos países han sido despojados.

Madrid, 3 octubre 2014.

Alfonso Antona

(1) Les remito a la ingente bibliografía epidemiológica que muestra como los roles de género son causa de desequidad y desigualdad en salud.

(2) En un post de 13 de agosto del presente año, Aida Benton, antropóloga americana, hace referencia a que la Presidenta de Liberia Ellen Hohnson-Sirleaf pudiera haber informado que el 75% de los casos eran mujeres. Según el Washington Post de 14 de agosto de 2014, entre un 55% y un 60% de las personas fallecidas en Guinea y Sierra Leona son mujeres. La Organización Mundial de la Salud (OMS) confirma esta situación, sin dar datos concretos, y lo atribuye a diferencias en los roles sociales.

(3) Según el informe de IASC, Comité Permanente entre Organismos de Naciones Unidas, “Manual sobre cuestiones de género en la acción humanitaria. Mujeres, niñas, niños y hombres. Igualdad de oportunidades para necesidades diferentes. Marzo 2008: En el Tsunami del 2005, el Banda Aceh, la mayoría de las personas que desaparecieron fueron mujeres. Fueron las últimas en salir de sus casas por no abandonar a hijos y personas mayores, la mayoría no sabían nadar, sus ropas empapadas las arrastraban al fondo…

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